Documentos desclasificados en EE. UU. muestran al expresidente como anfitrión de la cómplice de Jeffrey Epstein, con acceso a helicópteros militares y trato preferencial que compromete la dignidad del Estado colombiano
Lo que por años se quiso presentar como una visita protocolaria hoy se revela como un episodio oscuro que mancha la historia reciente del país. Los archivos del caso Jeffrey Epstein exponen a Andrés Pastrana Arango como anfitrión de Ghislaine Maxwell, condenada por tráfico y abuso sexual de menores, en actividades que jamás debieron involucrar a las Fuerzas Militares colombianas.
No se trata de rumores de pasillo: son correos, entrevistas y fotografías oficiales que muestran a una criminal internacional disfrutando de privilegios propios de jefes de Estado, mientras el gobierno de la época guardaba un silencio cómplice.
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Helicópteros, balas y “terroristas corriendo”
En los documentos, Maxwell relata un viaje por el Amazonas en el que —según sus propias palabras— se le permitió observar y “apuntar” a supuestos terroristas desde un helicóptero. Describe maniobras temerarias, regalos militares y un ambiente de fiesta organizado, dice ella, por “el presidente de Colombia”.
Si esto es cierto, estaríamos ante un uso criminal de recursos públicos, una humillación a la Fuerza Aérea y una banalización de la guerra interna convertida en espectáculo para una integrante de la red de pedofilia más grande del planeta.
La foto que desnuda a Pastrana
La imagen de Pastrana abrazado con Maxwell, ambos con uniforme de la FAC, es un símbolo de degradación institucional. ¿Quién autorizó que una extranjera vinculada a Epstein vistiera insignias militares colombianas? ¿Bajo qué criterio se le permitió volar un Blackhawk, aeronave estratégica del Estado?
El presidente Gustavo Petro lo dijo sin rodeos: es inaceptable que una persona condenada por delitos sexuales haya sido tratada como invitada de honor de la República.
El moralista sin memoria
Resulta cínico que el mismo Pastrana que hoy posa de adalid de la ética y crítico del gobierno actual no haya dado una sola explicación seria sobre su relación con Maxwell. Su silencio no es prudencia: es una confesión política.
Mientras millones de colombianos padecían la guerra y el abandono estatal, el jefe de Estado de entonces habría dedicado tiempo y recursos a agasajar a una figura del crimen transnacional. Esa es la verdadera cara de la “seguridad democrática” de salón.
Un escándalo que no prescribe
La ley estadounidense que ordenó revelar los archivos apenas comienza a destapar nombres de personas políticamente expuestas. Lo que viene puede ser aún más devastador.
Colombia no puede permitir que este capítulo se diluya entre comunicados tibios. Aquí hay posibles delitos de:
| Uso indebido de bienes públicos |
| Tráfico de influencias |
| Complicidad con estructuras criminales |
| Violación de protocolos militares |
Pastrana le debe al país la verdad
No basta con excusas vagas ni con culpar al “contexto de la época”. El expresidente debe responder:
| ¿Quién pagó el viaje de Maxwell? |
| ¿Qué funcionarios coordinaron los vuelos? |
| ¿Qué información sensible se compartió con ella? |
| ¿Qué relación tenía con Epstein mientras gobernaba Colombia? |
Cada minuto de silencio es una ofensa a las víctimas de esa red y a los colombianos que financiaron con sus impuestos esos lujos indignos.
Los archivos de Epstein no solo exponen a un criminal internacional: también desnudan a una élite política colombiana acostumbrada a la impunidad. Pastrana ya no puede esconderse tras comunicados diplomáticos.
El país merece saber si su presidente de entonces fue un simple ingenuo deslumbrado por el jet set o un cómplice consciente de un entramado perverso.
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