A 342 años de la publicación de los Principia Mathematica, la vida y legado del padre de la física moderna siguen revelando luces y sombras que lo humanizan sin restarle grandeza.
En la Navidad de 1642 nació en Lincolnshire, Inglaterra, un niño destinado a transformar el rumbo de la ciencia: Isaac Newton. Lo hizo en circunstancias poco prometedoras: su padre había muerto antes de que él llegara al mundo y su madre, al volverse a casar, lo envió a vivir con sus abuelos. Esa infancia marcada por la soledad lo convirtió en un joven retraído, pero también en alguien que canalizó su mundo interior hacia la observación y el conocimiento.
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Una mente que no encajaba en los moldes
A los 18 años ingresó en la Universidad de Cambridge, donde mostró una actitud desafiante hacia los programas oficiales. Newton prefirió instruirse de manera independiente con textos de Descartes, Kepler o Galileo. Esa libertad lo llevó a sembrar las bases de descubrimientos que aún hoy son piedra angular de la física y las matemáticas.
Fue en esos años cuando empezó a gestar el cálculo infinitesimal, un lenguaje matemático sin el cual sería imposible entender fenómenos modernos como la relatividad o la mecánica cuántica. También allí nació la idea que luego revolucionaría el pensamiento científico: la gravitación universal.
El mito de la manzana y la universalidad de la gravedad
Durante la peste de 1666, con Cambridge cerrada, Newton volvió a su pueblo natal. Allí observó la caída de una manzana y se preguntó si esa misma fuerza era la que mantenía a la Luna girando alrededor de la Tierra. Esa simple inquietud escondía una verdad monumental: la misma ley gobierna los movimientos celestes y los objetos cotidianos.
Esa intuición quedó plasmada en 1687 en los “Principia Mathematica”, obra que cumple 340 años y que aún es considerada el pilar de la física clásica. Sin embargo, Newton esperó casi dos décadas para publicar sus hallazgos, marcado por un temor profundo a la crítica y por su carácter reservado, que lo llevó a tener enfrentamientos con colegas como Hooke y Leibniz.
![Las manzanas de la ciencia. En el jardín de su casa, en Lincolnshire, se conserva un hijo del árbol del que se dice [no está claro] que cayó la manzana que le inspiró sobre la gravedad. ALBUM](https://vozrealities.com/wp-content/uploads/2025/09/image-648x840.png)
El lado oculto del genio
Pero Newton no fue solo ciencia. Sus manuscritos revelan una faceta menos conocida: su pasión por la alquimia, la religión y el esoterismo. A tal punto llegó su secreto que, siendo arriano —negaba la Trinidad—, tuvo que pedir dispensa real para ingresar al consejo del Trinity College sin jurar la ortodoxia religiosa.
Tras su muerte en 1727, sus herederos encontraron textos extraños sobre teología y alquimia. Durante mucho tiempo fueron ocultados para no empañar la imagen del “gran científico”. Hoy sabemos que Newton firmaba algunos de esos escritos con el seudónimo Jeova Sanctus Unus, dejando claro que su curiosidad iba más allá de lo que la ciencia podía explicar en su tiempo.
Un legado que trasciende siglos
John Maynard Keynes, quien adquirió varios de esos documentos en 1936, definió a Newton como un hombre neurótico, introvertido y temeroso de mostrar sus ideas. Y, sin embargo, fue precisamente ese carácter complejo lo que hizo de él un pensador radical y transformador.
A 340 años de su obra maestra, la paradoja de Newton sigue vigente: el hombre que desentrañó la mecánica del cosmos también buscaba respuestas en lo oculto y lo místico. Esa mezcla de genialidad y contradicciones no lo disminuye, sino que lo vuelve profundamente humano.
La vida de Newton recuerda que la ciencia no avanza en línea recta ni con hombres perfectos. Se construye con dudas, errores, silencios y obsesiones. Tal vez esa mezcla sea la verdadera manzana que la humanidad recogió de su árbol: el impulso de preguntarse por qué las cosas caen, brillan o giran, aunque la respuesta tarde siglos en llegar.
