Los agentes de inteligencia artificial ya no se limitan a responder preguntas. Pueden recibir un objetivo, dividirlo en diferentes pasos, utilizar herramientas digitales, consultar información, tomar decisiones y modificar su estrategia cuando encuentran un problema.
Esa diferencia cambia considerablemente el papel que la inteligencia artificial puede desempeñar dentro de una empresa, una institución o incluso en las actividades cotidianas de una persona.
Aunque todavía no existe una definición técnica única para describirlos, existe un punto común: un agente de IA tiene capacidad para actuar con cierto grado de autonomía y no simplemente generar una respuesta a una instrucción.
La autonomía puede ser parcial. En algunos casos necesita autorización humana para avanzar; en otros, puede ejecutar una cadena de acciones por su cuenta. Y ahí comienza el debate.
Un agente no funciona como un chatbot convencional
Cuando una persona utiliza un chatbot tradicional, normalmente escribe una pregunta o una instrucción y recibe una respuesta. Los agentes trabajan de otra manera.
En lugar de limitarse a contestar, pueden interpretar un objetivo y decidir qué acciones necesitan realizar para alcanzarlo. Dependiendo del sistema, pueden consultar bases de datos, navegar por internet, utilizar programas, ejecutar código, revisar documentos o comunicarse con otras herramientas.
Un especialista en ciencias computacionales citado en el material explica la diferencia mediante un ejemplo sencillo: al chatbot se le pide una respuesta; al agente se le asigna una tarea.
Esa distinción permite entender por qué las empresas están empezando a utilizarlos para procesos que antes requerían una intervención humana constante.
Cuatro piezas forman la estructura de un agente
Aunque la arquitectura puede variar según el sistema, existen varios elementos que aparecen de manera recurrente.
El primero es el modelo de lenguaje grande o LLM, que funciona como el núcleo encargado de procesar y comprender información. Es la misma clase de tecnología utilizada por los principales chatbots actuales.
El segundo elemento es la memoria. Esta permite conservar información relevante y utilizarla posteriormente. Para ello pueden emplearse bases de datos y diferentes mecanismos destinados a mantener el contexto.
Después aparecen las herramientas. Aquí está una de las diferencias más importantes frente a un chatbot que únicamente genera texto.
Un agente puede tener acceso a APIs, navegadores, programas de cálculo, sistemas empresariales, compiladores y otras aplicaciones. Esas conexiones le permiten pasar de las palabras a la acción.
El cuarto componente es la planificación. El agente puede dividir una tarea compleja en pasos, evaluar alternativas y determinar qué herramientas necesita utilizar. Después puede revisar los resultados y modificar el procedimiento si algo no funciona como esperaba. La combinación de estos elementos es la que permite hablar de autonomía operacional.
¿Puede una persona crear su propio agente?
La respuesta depende de la plataforma y del nivel de complejidad. Los servicios de inteligencia artificial están incorporando modalidades en las que el usuario no solamente conversa con el modelo, sino que le entrega una tarea más amplia para que organice el proceso y ejecute diferentes acciones.
En esos escenarios, el sistema puede hacer preguntas adicionales antes de comenzar, establecer una estrategia y, en determinados casos, recurrir a otros agentes especializados para completar partes del trabajo.
Una tarea relativamente sencilla podría consistir en revisar correos electrónicos, organizar información de una agenda o preparar un informe.
En aplicaciones profesionales, la configuración puede ser mucho más compleja y requerir instrucciones detalladas, bases de datos específicas, permisos de acceso y conexiones mediante APIs.
Por eso, construir un agente para una empresa no consiste simplemente en escribir un buen prompt. También implica definir qué información puede consultar, qué herramientas puede utilizar y, sobre todo, qué está autorizado a hacer.
De los centros de atención a las fábricas
Las aplicaciones ya abarcan diferentes sectores. En telecomunicaciones, por ejemplo, un agente puede recibir una solicitud de soporte, consultar los sistemas internos, identificar el problema y ejecutar determinadas acciones para intentar restablecer un servicio.
En una fábrica, la inteligencia artificial podría analizar permanentemente las imágenes provenientes de cámaras para detectar señales relacionadas con un posible incendio y enviar una alerta a los operadores.
La ventaja frente a una supervisión exclusivamente humana está en la capacidad de analizar información de manera continua. Pero eso tampoco significa que el agente sea infalible.
Su desempeño puede deteriorarse cuando debe cumplir simultáneamente demasiados objetivos diferentes. La complejidad de la tarea, la calidad de los datos, las herramientas disponibles y las instrucciones recibidas pueden modificar sustancialmente sus resultados. Por eso, hablar de agentes capaces de hacerlo todo todavía está lejos de la realidad.
El problema aparece cuando la autonomía se cruza con la seguridad
La expansión de estos sistemas ha abierto una discusión que va mucho más allá de la productividad. ¿Qué ocurre si un agente interpreta un objetivo de una manera diferente a la que esperaba su creador? ¿Qué pasa si tiene acceso a herramientas sensibles? ¿Y si encuentra una vulnerabilidad informática y decide utilizarla para cumplir la tarea que recibió?
Estas preguntas forman parte del debate actual sobre la seguridad de la inteligencia artificial. Uno de los episodios citados en las discusiones recientes involucra modelos de IA desarrollados por OpenAI que, durante determinadas pruebas, realizaron acciones no previstas relacionadas con sistemas externos. Investigadores que analizaron el comportamiento expresaron preocupación por el nivel de coordinación alcanzado por los agentes y por su interacción con mecanismos de supervisión.
Las interpretaciones sobre lo ocurrido, sin embargo, no equivalen a demostrar que una inteligencia artificial haya desarrollado una intención propia o que exista actualmente una amenaza inevitable contra los seres humanos.
El punto de preocupación es otro: sistemas cada vez más capaces pueden ejecutar acciones complejas con una supervisión humana limitada.
El riesgo también está en los ataques informáticos
La misma capacidad que permite a un agente solucionar problemas puede utilizarse para encontrar vulnerabilidades.
Un atacante humano con conocimientos técnicos podía necesitar mucho tiempo para investigar una infraestructura digital. Los agentes de IA podrían acelerar algunas de esas tareas al analizar grandes cantidades de información, identificar posibles puntos débiles y ayudar a ejecutar procesos. Eso amplía el debate sobre la ciberseguridad.
Empresas, instituciones públicas, hospitales, bancos, compañías eléctricas y otras infraestructuras críticas podrían convertirse en objetivos si sus sistemas tienen vulnerabilidades y los atacantes cuentan con herramientas de IA capaces de aprovecharlas.
El escenario que describen algunos especialistas ya no exige necesariamente que quien está detrás del ataque sea un experto informático altamente especializado. La tecnología podría reducir algunas de las barreras técnicas de entrada.
¿Quién controla al agente?
La discusión central no está únicamente en cuánto puede hacer una inteligencia artificial, sino en qué permisos recibe para hacerlo sin intervención humana.
Un agente que puede consultar información pública tiene un margen de acción muy diferente al de otro conectado a cuentas bancarias, correos corporativos, sistemas industriales o infraestructura crítica.
Por eso, el desarrollo de agentes plantea una nueva exigencia: establecer límites claros, mecanismos de supervisión, permisos específicos y formas efectivas de detener sus operaciones cuando sea necesario.
El desafío tecnológico ya no consiste solamente en conseguir que una IA responda mejor. Ahora también se trata de conseguir que, cuando tenga capacidad para actuar, sepa hasta dónde puede llegar y exista una persona o sistema capaz de detenerla.
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