Cada cierto tiempo aparecen columnas que denuncian un supuesto adoctrinamiento marxista en las aulas. El argumento suele ser el mismo: «nos hicieron leer a Karl Marx, pero nunca a Hayek», fue lo que dijo Jerome Sanabria en su columna publicada para el Diario La República titulada «Menos Marx, más Hayek». La conclusión también suele repetirse: la educación está capturada por una élite ideológica que pretende imponer el marxismo como única visión del mundo.
Es una preocupación legítima preguntarse si existe pluralidad en la enseñanza. Lo que deja de ser legítimo es convertir una experiencia personal en una conclusión histórica sobre todo un sistema educativo. Que un estudiante no haya leído determinados autores no demuestra, por sí mismo, que exista una política nacional de adoctrinamiento.
En Colombia, como en la mayoría de democracias, los planes de estudio dependen de las instituciones, de sus programas y, en muchos casos, de la autonomía de los docentes. Hay universidades donde Marx ocupa un lugar importante; en otras predominan Adam Smith, Hayek, Keynes o Friedman. Generalizar desde un caso particular constituye una falacia de composición: asumir que una parte representa necesariamente el todo.
Leer no significa creer
Existe además una confusión que se repite con frecuencia: creer que estudiar un autor equivale a defender sus ideas. Si esa lógica fuera correcta, estudiar a Nicolás Maquiavelo convertiría a los estudiantes en defensores del autoritarismo. Analizar a Adolf Hitler implicaría promover el nazismo. Leer a Thomas Hobbes significaría justificar el absolutismo.
La academia funciona precisamente al contrario. Su propósito consiste en estudiar las ideas que transformaron la historia, comprenderlas, contrastarlas y someterlas a crítica.
El historiador británico Eric Hobsbawm, quien nunca ocultó su interés por Marx, sostenía que resulta imposible comprender el desarrollo del capitalismo moderno sin conocer su crítica más influyente. Paradójicamente, economistas liberales como Joseph Schumpeter también reconocieron que Marx realizó uno de los análisis más profundos del capitalismo industrial, aunque rechazaran sus conclusiones políticas.
Por eso, estudiar El Capital no convierte a nadie en comunista, del mismo modo que leer La riqueza de las naciones no convierte automáticamente a un estudiante en liberal.
La historia rara vez admite explicaciones simples
Uno de los errores más frecuentes consiste en responsabilizar directamente a Karl Marx, tal y como lo manifestó Jerome en su columna, de todos los crímenes cometidos por los regímenes comunistas del siglo XX.
Nadie discute que bajo Stalin, Mao Zedong, Pol Pot o los Jemeres Rojos ocurrieron algunas de las mayores tragedias humanas de la historia contemporánea. Los archivos abiertos tras la caída de la Unión Soviética permitieron documentar con mayor precisión la magnitud de las persecuciones, hambrunas y represiones.
Pero otra cosa muy distinta es afirmar que Marx diseñó esos sistemas políticos. Karl Marx murió en 1883. La Revolución Rusa ocurrió treinta y cuatro años después. La República Popular China nació más de seis décadas después de su muerte. Cuba inició su revolución setenta y seis años después.
Como explica el historiador Jonathan Sperber, uno de los principales biógrafos contemporáneos de Marx, existe una diferencia fundamental entre el pensamiento desarrollado por el filósofo alemán y las interpretaciones realizadas posteriormente por Lenin, Stalin, Mao o Castro. Confundir esas etapas equivale a ignorar décadas de transformaciones políticas e intelectuales.
La historia exige distinguir entre un autor y quienes, muchos años después, afirmaron actuar en su nombre. Los crímenes cometidos por estos regímenes no pueden identificarse automáticamente con los planteamientos de Marx.
Cuba: una explicación más compleja que un eslogan
Con frecuencia se presenta a Cuba como la prueba definitiva del fracaso del marxismo. Sin embargo, la realidad histórica es considerablemente más compleja.
Economistas e historiadores han debatido durante décadas cuánto peso tienen factores como la planificación centralizada, la ausencia de libertades económicas, el embargo estadounidense, el aislamiento internacional, las decisiones del gobierno cubano y la dependencia de antiguos aliados como la Unión Soviética.
Reducir toda esa discusión a una sola causa puede resultar útil para un discurso político, pero no para comprender la historia. La investigación académica rara vez funciona mediante respuestas absolutas.
La contradicción del discurso de Jerome
Quizá la mayor contradicción aparece cuando se critica que las universidades enseñen únicamente «una cara de la historia». Sin embargo, el propio argumento termina haciendo exactamente lo mismo.
Se mencionan Stalin, Mao, Cuba y los Jemeres Rojos, pero desaparecen por completo los debates internos del marxismo, las diferencias entre marxismo, leninismo, estalinismo y maoísmo, o incluso el reconocimiento que numerosos economistas liberales han hecho sobre el valor analítico de la obra de Marx.
Es decir, se denuncia un supuesto sesgo ideológico recurriendo al mismo método que se critica: seleccionar únicamente los hechos que confirman una posición previa. Eso no fortalece el pensamiento crítico; lo reemplaza por otro relato igualmente incompleto.
Lo que realmente debería enseñarse
La verdadera discusión no consiste en decidir si Marx debe desaparecer de las bibliotecas universitarias. Tampoco en reemplazarlo por Hayek, Mises o Friedman.
El verdadero debate consiste en garantizar que los estudiantes conozcan todas las grandes tradiciones intelectuales que han moldeado el mundo contemporáneo.
Un estudiante debería leer a Marx y a Smith; a Keynes y a Hayek; a Mises y a Polanyi; a Friedman y a Thomas Sowell. No para convertirse en discípulo de alguno de ellos, sino para comprender por qué siguen siendo objeto de discusión dos siglos después.
Como escribió el filósofo liberal Isaiah Berlin, las sociedades libres no se construyen eliminando las ideas que incomodan, sino permitiendo que compitan entre sí.
Síntesis: una invitación a Jerome
El pensamiento crítico nunca nace de una biblioteca con un solo autor. Con esa convicción, invito a Jerome Sanabria a ampliar el debate. Pero tampoco nace de una biblioteca donde un autor es reducido a una caricatura.
La educación debe formar ciudadanos capaces de leer a Marx sin convertirse en marxistas; a Hayek sin convertirse en neoliberales; a Smith sin idealizar el mercado, y a Keynes sin convertir al Estado en una respuesta para todo.
Solo cuando una sociedad es capaz de confrontar ideas sin miedo puede afirmar que educa ciudadanos libres y no seguidores de una doctrina. Porque el problema nunca ha sido leer a Marx. El verdadero problema comienza cuando se deja de leer a todos los demás.
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