Cada año se registran miles de terremotos en el planeta. Algunos pasan prácticamente desapercibidos, mientras otros dejan ciudades destruidas, cientos de víctimas y comunidades enteras enfrentando una emergencia.
El reciente terremoto que sacudió el occidente de Colombia el 10 de agosto, así como el doble evento sísmico registrado en Venezuela semanas antes, volvieron a poner una pregunta sobre la mesa: ¿por qué la ciencia todavía no puede predecir exactamente cuándo ocurrirá un terremoto?
La respuesta tiene que ver con la enorme complejidad de lo que sucede bajo nuestros pies. El Centro Nacional de Información sobre Terremotos del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) detecta y localiza cerca de 20.000 terremotos al año, un promedio aproximado de 55 movimientos sísmicos diarios.
Sin embargo, detectar terremotos y estudiar las zonas donde ocurren no significa que sea posible anunciar con precisión que un sismo ocurrirá en un lugar, a una hora determinada y con una magnitud específica.
La ciencia puede saber dónde, pero no exactamente cuándo
Para poder predecir un terremoto de manera precisa sería necesario conocer tres elementos fundamentales: el lugar donde ocurrirá, su magnitud y el momento exacto en que sucederá.
Según expertos en ingeniería sísmica y geofísica, la ciencia puede aproximarse a los dos primeros parámetros en determinadas zonas. Las fallas geológicas pueden ser estudiadas. Los investigadores pueden analizar su tamaño, la velocidad de desplazamiento y otros factores para estimar la capacidad sísmica de una región.
También existen registros históricos que permiten identificar zonas donde los grandes terremotos se repiten después de largos períodos. El gran problema sigue siendo el mismo: nadie puede determinar con exactitud cuándo la tensión acumulada en una falla llegará al punto de ruptura.
Una enorme presión que se libera de forma repentina
Los terremotos se producen por la liberación súbita de energía acumulada durante largos períodos debido al movimiento de las placas tectónicas.
Una forma sencilla de entenderlo es imaginar dos superficies que se presionan y se deslizan una contra otra. Durante un tiempo pueden permanecer bloqueadas mientras aumenta la tensión. Pero llega un momento en que la resistencia es superada y se produce un desplazamiento repentino.
Ese fenómeno es el que genera las ondas sísmicas. El problema es que las fallas geológicas no son estructuras simples ni uniformes. Pueden extenderse por decenas o cientos de kilómetros y estar compuestas por materiales con diferentes características, resistencias, temperaturas y presiones.
Por eso, aunque se sepa que una falla está acumulando energía, todavía no existe una tecnología capaz de medir con precisión el punto exacto en el que esa energía será liberada.
Las llamadas “lagunas sísmicas”
Los científicos sí pueden identificar zonas donde ha pasado mucho tiempo sin que se produzca un gran terremoto. Estas áreas son conocidas como lagunas o gaps sísmicos. El análisis de los registros históricos permite establecer períodos de recurrencia. Por ejemplo, algunas regiones pueden experimentar terremotos de gran magnitud cada varias décadas o incluso cada cien años.
Pero esto no equivale a una predicción. Saber que una zona tiene una alta probabilidad de experimentar un terremoto en el futuro no permite afirmar que ocurrirá mañana, el próximo año o dentro de veinte años.
La diferencia es fundamental: la ciencia puede trabajar con probabilidades y niveles de riesgo, pero no con fechas exactas.
¿Los animales pueden anticipar un terremoto?
Durante décadas han circulado historias sobre perros inquietos, aves que cambian su comportamiento o animales que aparentemente detectan la llegada de un terremoto. Sin embargo, los expertos advierten que hasta ahora no se ha demostrado una relación científica consistente que permita utilizar el comportamiento animal como un sistema confiable de predicción.
En algunos terremotos se han registrado comportamientos inusuales, variaciones en gases como el radón, cambios en la conductividad eléctrica o pequeños movimientos sísmicos previos. Pero estas señales no aparecen siempre antes de un gran terremoto. Y, al mismo tiempo, pueden presentarse sin que posteriormente ocurra un evento sísmico importante.
Por eso, estos posibles indicadores no pueden ser considerados actualmente como herramientas capaces de anunciar un terremoto.
¿La inteligencia artificial podrá predecir los terremotos?
La inteligencia artificial abre una nueva posibilidad para el estudio de la actividad sísmica. Actualmente existen investigaciones que utilizan grandes cantidades de datos para buscar patrones que puedan repetirse antes de determinados movimientos de la corteza terrestre.
Redes de sensores, sistemas GPS, mediciones del fondo oceánico y registros sísmicos pueden ser analizados mediante herramientas capaces de procesar información a una velocidad imposible para un ser humano. Sin embargo, los avances actuales todavía están lejos de permitir una predicción exacta.
La inteligencia artificial puede ayudar a identificar patrones, calcular probabilidades y mejorar los modelos de riesgo, pero encontrar un patrón no significa saber el día y la hora en que una falla se romperá.
Por ahora, incluso los investigadores que trabajan con estas tecnologías son cautelosos frente a la posibilidad de anunciar terremotos con precisión.
El gran límite está debajo de la tierra
Una de las mayores dificultades es que los científicos no pueden observar directamente buena parte de los procesos que ocurren en las profundidades donde se generan los terremotos. La actividad tectónica ocurre a kilómetros bajo la superficie, en condiciones extremas de presión y temperatura.
Los investigadores deben reconstruir lo que sucede a partir de ondas sísmicas, movimientos de la corteza, estudios geológicos y otros datos indirectos. Además, aunque las placas tectónicas llevan millones de años moviéndose, los registros científicos detallados disponibles cubren apenas una pequeña parte de esa historia.
En otras palabras, se intenta comprender un proceso geológico gigantesco con una cantidad limitada de observaciones.
Entonces, ¿qué se puede hacer?
Si no es posible saber con exactitud cuándo ocurrirá un terremoto, la respuesta está en la prevención y la reducción de la vulnerabilidad. Los expertos coinciden en que una sociedad no puede evitar que ocurra un terremoto, pero sí puede reducir considerablemente sus consecuencias.
Aquí entran en juego los mapas de amenaza sísmica, los sistemas de alerta temprana, los planes de evacuación, la educación ciudadana y, especialmente, las normas de construcción. Un mismo terremoto puede tener consecuencias completamente diferentes dependiendo de la preparación de una ciudad y de la resistencia de sus edificaciones.
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La clave no es predecir el terremoto, sino estar preparados
Los recientes desastres sísmicos en la región han vuelto a demostrar que el mayor riesgo no depende únicamente de la magnitud del terremoto. También depende de la vulnerabilidad de las construcciones, de la capacidad de respuesta institucional y de la preparación de la población.
Por eso, mientras la ciencia continúa buscando nuevas formas de entender las fallas geológicas y la inteligencia artificial abre posibilidades para analizar enormes cantidades de información, la predicción exacta de los terremotos sigue siendo un objetivo lejano.
Hoy, la pregunta más importante quizá no sea cuándo ocurrirá el próximo gran terremoto, porque esa respuesta todavía no la tiene la ciencia. La verdadera pregunta es otra: ¿están nuestras ciudades, instituciones y comunidades preparadas para cuando inevitablemente vuelva a ocurrir?
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