El debut de Álvaro Arbeloa como técnico blanco terminó en desastre tras la eliminación ante un Albacete combativo, que expuso la fragilidad, el exceso de rotación y la falta de jerarquía del Real Madrid
Lo ocurrido en el estadio Carlos Belmonte no fue una simple eliminación copera. Fue un albacetazo en toda regla. El Real Madrid cayó 3-2 ante el Albacete y quedó fuera de la Copa del Rey 2025/26 en octavos de final, firmando una de las derrotas más dolorosas de los últimos años frente a un rival de Segunda División que pelea por no descender.
El estreno oficial de Álvaro Arbeloa en el banquillo blanco, lejos de inaugurar una nueva era con ilusión, dejó una sensación de desconcierto, improvisación y pérdida de rumbo competitivo. El Real Madrid dominó la posesión durante largos tramos, pero nunca el partido. Tener el balón no fue sinónimo de mandar, y mucho menos de imponer jerarquía.
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Un Madrid sin colmillo ni liderazgo
La apuesta inicial de Arbeloa —con Franco Mastantuono acompañando a Vinícius y Gonzalo— sorprendió más por el contexto que por la ambición. El equipo acumuló suplentes, mezcló veteranos con jóvenes y presentó una alineación desfigurada que nunca terminó de reconocerse como Real Madrid. El resultado fue un dominio estéril, plagado de tiros lejanos y carente de profundidad.
El primer golpe llegó desde el balón parado, una vieja debilidad que volvió a pasar factura. Javier Villar cabeceó sin oposición tras un córner y adelantó al Albacete, evidenciando errores defensivos impropios de un equipo que aspira a todo. Mastantuono, señalado en la marca, logró redimirse antes del descanso empujando un rebote y marcando su primer gol con la camiseta blanca, un empate que funcionó más como anestesia que como impulso.
El caos como desenlace
La segunda parte confirmó los peores presagios. El Real Madrid fue incapaz de acelerar, de romper líneas o de someter a un rival que entendió perfectamente el partido: resistir, competir y golpear cuando el gigante dudara. Arbeloa tardó en mover el banquillo y cuando lo hizo, las variantes no cambiaron el guion.
Jefté Betancor se convirtió en el verdugo definitivo. Primero aprovechó un fallo en el despeje para marcar el 2-1; luego, cuando el Madrid creyó salvarse con el agónico empate de Gonzalo en el minuto 91, volvió a castigar en el último suspiro con una acción que desnudó la desorganización defensiva blanca. El 3-2 fue un mazazo histórico.
Una derrota que va más allá del marcador
Este albacetazo no es solo una eliminación temprana. Es la confirmación de que el Real Madrid atraviesa una fase peligrosa: exceso de confianza, rotaciones mal medidas y una alarmante falta de colmillo competitivo en partidos que exigen carácter más que nombre.
Arbeloa dejó algunas pistas de sus intenciones —confianza en la cantera, intento de recuperar a jugadores relegados como Arda Güler y Mastantuono, presión más alta—, pero el contexto no admite experimentos sin consecuencias. La Copa del Rey era, probablemente, el título más accesible de la temporada, y se perdió en menos de una semana.
El problema no es solo quién jugó, sino cómo se jugó. Un Real Madrid incapaz de intimidar, vulnerable atrás y sin liderazgo en los momentos clave es un equipo que deja de ser temible. El Albacete no hizo un milagro: hizo un partido serio, ordenado y valiente ante un rival que creyó que el escudo bastaba.
La noche manchega deja una advertencia clara: el banquillo no es un salvavidas automático y la camiseta no gana partidos por sí sola. Cuando el Real Madrid olvida eso, incluso un Segunda puede firmar una página histórica. Y esta, sin duda, lo fue.
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