Abelardo De La Espriella está comprando todos los enemigos posibles, no por «valiente» sino porque sabe que su proyecto es insostenible y será muy breve, así que busca generar en su contra unos ataques que justifiquen su salida. Forma la humareda que cubrirá su huida.
Él depende de Trump, quien está a punto de caer y lo saben, y de una ultraderecha mafiosa internacional que históricamente suele aparecer y desaparecer a conveniencia de las grandes élites económicas. Sabe que el péndulo comienza a devolverse y él no tiene ni forma ni fondo para ser presidente de Colombia, a pesar de ser el títere visible de un teatro de marionetas que mueve los hilos tras bambalinas.
La incapacidad de Abelardo
De La Espriella, como el troglodita ignorante que es, no es capaz de seguir siendo presidente a pesar de sus sospechosas posturas de «macho alfa» con boqui-toqui en mano, entre otras cosas porque presumir de lo que no se es requiere una fuerza sostenida que no puede ser proveída por aquello de lo que él se alimenta.
En resumen, busca excusas para huir pronto, no sin antes dejar una Colombia saqueada y apocalíptica. Por eso ataca a los estudiantes, a los líderes sociales, a la cultura, al deporte e incluso a sus propios aliados como al Centro Democrático.
Sabe que, a pesar del deslumbramiento de los colombianos adoratrices de la cultura de la mafia y la muerte, él no tiene una estructura política y social que lo sostenga porque la élite rica lo usa y las mafias desconfían de sus ademanes de timador. Como buen payaso sabe que toda función llega a su fin.
En pocos meses, cuando ya ni Trump ni Rubio estén para defenderlo y Alex Saab deba comenzar a colaborar con la justicia estadounidense para mitigar su pena, Abelardo será presa fácil. Para entonces, ya sin respaldo internacional y odiado por propios y extraños, desaparecerá de la escena pública.
Tratará de dejar la imagen de que fue un mártir inmolado en medio de una revolución de la chusma azuzada por vampiros de izquierda afines a las guerrillas y el terrorismo
El terremoto, el inicio de su debacle
Los damnificados por el terremoto del pasado 10 de agosto protestarán al darse cuenta de la doble tragedia que ha sido el desastre natural. Una la respuesta de un gobierno inepto, indolente y rufián.
Los estudiantes saldrán a defender sus derechos. Mientras que, los esbirros del sistema los infiltran para cometer actos que justifiquen la intervención violenta de organismos de seguridad sedientos de violencia que demuestren – otra vez– una fingida virilidad delatora.
Los transportadores pauperizados por las decisiones de Restrepo se sentirán usados y bloquearán vías en protesta. Los politiqueros que hace poco votaron por él se sentirán desplazados en el reparto de la torta y la rapiña que sucede a los grandes robos. La élite se asustará y asqueará de su propio títere cuando lo vean iracundo y descontrolado «dañándoles la plaza». Hasta Uribe, agobiado por su propia situación jurídica y la de su hermano, saldrá a dejar claro que la derecha es él, no un histriónico advenedizo. Todos conspirarán contra Abelardo en una tormenta perfecta en medio de la sequía extrema, racionamientos de energía y carestía de alimentos al estilo Milei.
Querrá que se teja un mito a su alrededor. Abelardo -en su complejo napoleónico- buscará ser recordado como un hombre grande, como un héroe, casi que como un mesías. Por lo tanto, corremos el riesgo de se convierta en un Eróstrato.
El maquillaje de datos será su fin
La construcción del mito pasará por encuestas infladas a su favor. Esto será por poses de hombre adorado por un público inexistente en eventos llenos de extras de utilería, por redes sociales direccionadas por perfiles falsos y tendencias pagadas, por él mismo enfocado desde abajo para disimular su pequeñez hablando con una vehemencia impostada mientras hace muecas extrañas.
Tendremos meses en los que se buscará construir una realidad inexistente para mantenerlo en el poder con un «estado de opinión» frágil que sucumbirá a la realidad. A costas nuestras, un narcisista destruirá un país para su propio ego. Por fortuna, Abelardo será breve. Ya pasó con Laureano Gómez y pasará lo mismo con Abelardo con protagonismos distintos.
No creo que Abelardo alcance a disfrutar como presidente más de dos Carnavales de Barranquilla. Guarden este escrito.
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