La consagración de Senegal en Rabat quedó marcada por fallas de seguridad, protestas arbitrales y un clima que volvió a poner en discusión la transparencia y el profesionalismo del torneo continental
La final de la Copa Africana de Naciones debía ser una celebración del fútbol africano. Sin embargo, el duelo entre Senegal y Marruecos terminó convertido en un episodio incómodo para la Confederación Africana de Fútbol (CAF), no solo por la tensión dentro del campo, sino por una cadena de decisiones organizativas y arbitrales que empañaron el espectáculo en la noche decisiva disputada en Rabat.
Horas antes del pitazo inicial, la Federación Senegalesa de Fútbol encendió las alarmas con un comunicado contundente: denunció incumplimientos en los protocolos de seguridad y deficiencias logísticas durante la llegada de la delegación al país anfitrión. Según la FSF, jugadores y cuerpo técnico quedaron expuestos al contacto directo con aficionados locales en la estación ferroviaria, una situación impropia de una final continental y que dejó en evidencia la fragilidad del dispositivo de seguridad.
A estos señalamientos se sumaron problemas con el alojamiento. Senegal debió elevar una protesta formal para que, finalmente, se le asignara un hotel de condiciones acordes a la magnitud del evento. Un episodio que refuerza la sensación de improvisación y trato desigual en un torneo que aspira a estándares internacionales.
El arbitraje, en el centro de la tormenta
El clima enrarecido se trasladó al terreno de juego. Con el marcador igualado y un desarrollo equilibrado, el arbitraje se convirtió en protagonista en los minutos finales del tiempo reglamentario. Primero, con la anulación de un gol de Abdoulaye Seck por una falta previa que desató la furia senegalesa; luego, con la sanción de un penalti a favor de Marruecos tras una caída de Brahim Díaz en tiempo de adición.
La reacción fue inédita: Senegal abandonó momentáneamente el campo como señal de protesta. El gesto, tan simbólico como arriesgado, reflejó el nivel de tensión acumulado. Fue Sadio Mané quien asumió el liderazgo para evitar una sanción mayor y convencer a sus compañeros de regresar. El penalti, finalmente, fue detenido por Édouard Mendy, sosteniendo el empate y evitando un desenlace aún más polémico.
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Fútbol en medio del caos
En lo estrictamente deportivo, Senegal fue superior a lo largo del partido. Marruecos, empujado por su gente, dependió en exceso de las intervenciones de Yassine Bounou, figura clave durante los 90 minutos. En la prórroga, cuando el desgaste ya era evidente, apareció Pape Gueye con un remate de media distancia que silenció Rabat y definió una final cargada de emociones y controversias.
Con el pitazo final, Senegal celebró su segundo título continental, confirmando una generación competitiva, madura y resiliente. No obstante, la victoria llegó acompañada de un sabor agridulce: el campeón debió sobreponerse no solo al rival, sino a un contexto que nunca le fue favorable.
Una CAF en deuda
Más allá del trofeo, la final deja preguntas incómodas para la organización del fútbol africano. Fallas de seguridad, logística reactiva y decisiones arbitrales discutibles en el partido más importante del torneo no pueden ser normalizadas. La Copa África sigue creciendo en talento y atractivo, pero tropieza una y otra vez con problemas estructurales que afectan su credibilidad.
Senegal se va campeón. Marruecos queda golpeado en casa. Y la CAF, una vez más, queda bajo la lupa. Porque cuando la polémica eclipsa al juego, el fútbol pierde, incluso cuando hay un justo ganador.
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