En Colombia, pocas palabras generan tantas reacciones como izquierda y derecha. Para unos, definen dos maneras opuestas de entender el Estado y la sociedad; para otros, se han convertido en armas de campaña para desacreditar al adversario antes de discutir sus propuestas. En medio de esa confrontación, una pregunta merece atención: ¿las etiquetas políticas describen realmente lo que piensan los partidos y sus electores?
Un estudio publicado en 2013 por Luis Eduardo González Ferrer y Rosario Queirolo Velasco, en la revista América Latina Hoy, ofrece elementos para examinar el asunto. Su investigación, titulada Izquierda y derecha: formas de definirlas, el caso latinoamericano y sus implicaciones, comparó las clasificaciones ideológicas elaboradas por especialistas con la manera en que los votantes se ubicaban en una escala de izquierda a derecha.
El resultado fue revelador: ambas formas de clasificación coincidían con menos frecuencia de la que podría suponerse. De los 38 partidos latinoamericanos analizados, solo nueve coincidían exactamente en una escala de cinco categorías. Al reducir la clasificación a tres grupos —ala izquierda, centro y ala derecha—, el acuerdo llegó a 17 partidos.
La conclusión no es que las ideologías carezcan de sentido. El hallazgo es más preciso: la posición que los expertos atribuyen a un partido no equivale necesariamente a la identidad ideológica de quienes lo respaldan en las urnas.
Colombia: tres partidos, tres diferencias entre expertos y votantes
El caso de nuestro país muestra con claridad el problema. Los autores utilizaron datos del Barómetro de las Américas de 2006–2007 y compararon la clasificación de expertos con el promedio de autoidentificación ideológica de los votantes.
El Polo Democrático Alternativo fue ubicado en la izquierda por los especialistas, pero sus votantes registraron un promedio de 5,03 en una escala de uno a diez, resultado que correspondía al centro según los criterios empleados en el estudio.
El Partido Liberal Colombiano recibió una clasificación de centro por parte de los expertos. Sin embargo, el promedio de sus votantes fue de 6,85, correspondiente a la centroderecha.
El tercer caso fue Primero Colombia, la organización asociada con Álvaro Uribe. Los expertos la situaron en la derecha, mientras que el promedio ideológico de sus votantes fue de 6,70, ubicado en la centroderecha.
Estas cifras pertenecen al escenario histórico de 2006–2007. No describen automáticamente a los partidos actuales ni permiten atribuir las mismas posiciones a sus dirigentes, militantes o electores de hoy. Su importancia radica en otra cuestión: incluso dentro de un mismo país, la identidad que los especialistas atribuyen a una organización puede diferir de la que expresan sus votantes.
El centro no siempre es neutral y los extremos no se demuestran con un apodo
La política suele presentar el centro como sinónimo de moderación, mientras que la izquierda y la derecha aparecen como posiciones enfrentadas y, en ocasiones, caricaturizadas. Pero ubicarse en el centro de una escala no significa carecer de convicciones, así como declararse de izquierda o de derecha no permite conocer por sí solo las propuestas concretas de una organización.
El artículo muestra, además, que en la mayoría de los desacuerdos analizados los votantes situaban a los partidos más cerca del centro que los expertos. Los autores no encontraron, como patrón general, que las autoidentificaciones trasladaran a los partidos de un extremo ideológico al extremo contrario.
Esto obliga a mirar más allá de los nombres. Un discurso puede proclamarse progresista, conservador, liberal o de centro, pero esas palabras necesitan contrastarse con las posiciones programáticas, las decisiones de gobierno, las alianzas y la conducta política.
En el debate colombiano, la pregunta no debería agotarse en quién es de izquierda o quién es de derecha. También habría que examinar qué propone cada fuerza, qué intereses representa, cómo vota en el Congreso, qué decisiones toma cuando gobierna y si mantiene coherencia entre sus promesas y sus actuaciones.
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La etiqueta reemplaza el debate
La clasificación ideológica puede servir para ordenar el debate público, pero también puede convertirse en un atajo retórico. Cuando una etiqueta se utiliza para descalificar a una persona o cerrar una discusión, deja de ser una herramienta de análisis y se transforma en un mecanismo de polarización.
Decir que un adversario pertenece a determinada corriente no demuestra que sus propuestas sean equivocadas. Del mismo modo, presentarse como una opción moderada no prueba que sus decisiones sean equilibradas ni que estén libres de contradicciones.
La investigación de González Ferrer y Queirolo Velasco no demuestra que todos los partidos oculten sus posiciones ni que los votantes desconozcan las ideologías. Sí evidencia que los métodos de clasificación pueden arrojar resultados diferentes y que esas diferencias deben investigarse, en lugar de resolverlas con prejuicios.
Para el periodismo, esto supone una tarea concreta: contrastar las etiquetas con hechos verificables. Para la ciudadanía, implica no confundir la propaganda con el análisis. Y para los partidos, plantea el reto de explicar sus propuestas con claridad, sin depender exclusivamente de identidades que despiertan adhesiones o rechazos.
Un estudio de hace dos décadas no define la política de hoy
La investigación de Luis Eduardo González Ferres para la Revista Latina conserva valor como advertencia metodológica, pero sus cifras no pueden utilizarse como un mapa actualizado de la política colombiana. Los datos corresponden a 2006–2007 y el artículo fue publicado en 2013. Desde entonces, el escenario político ha experimentado cambios que deben estudiarse con información reciente. Sin embargo, el escenario político demuestra que el cambio no ha sido mucho.
Una evaluación actual exigiría revisar los programas de los partidos vigentes, sus votaciones legislativas, sus alianzas, sus actuaciones en el Gobierno y las encuestas contemporáneas sobre identificación ideológica. También tendría que considerar que una misma persona puede defender posiciones distintas según el asunto: economía, derechos sociales, seguridad, libertades individuales o papel del Estado.
La lección de fondo sigue siendo pertinente: izquierda, centro y derecha son categorías útiles para el análisis político, pero no reemplazan la investigación ni explican por sí solas las motivaciones de los electores.
En una democracia donde la discusión pública corre el riesgo de convertirse en una competencia de señalamientos, el desafío consiste en recuperar las preguntas de fondo: qué propone cada partido, a quién beneficia su política y qué resultados produce cuando ejerce el poder.
Porque una etiqueta puede ubicar a un partido en el mapa político, pero no basta para explicar lo que hace, lo que representa ni lo que espera de él la ciudadanía.
Fuente académica: Luis Eduardo González Ferrer y Rosario Queirolo Velasco, “Izquierda y derecha: formas de definirlas, el caso latinoamericano y sus implicaciones”, América Latina Hoy, vol. 65, 2013, pp. 79–105. DOI: 10.14201/alh20136579105.
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